El Foro Económico Mundial (WEF) realiza todos los años un ranking de competitividad que permite, de una manera u otra, comparar el estado de algunas de sus variables entre países.

Habitualmente, cuando se habla de competitividad, nuestros países tienden a minimizar dichas listas, que generalmente son lideradas por países como Suiza, Estados Unidos, Canadá, Suecia, Alemania, Corea, etc. Lo hacen porque aquí sentimos que no deberían hacerse ese tipo de comparaciones, pues nuestra civilización es mucho más joven y está en proceso de desarrollo.

Pareciera que una comparación permisible sería entonces con alguno de nuestros vecinos. En un reciente editorial, una revista hace una comparación con Ecuador, nuestro vecino, la cual sonaría más creíble que compararnos con Suiza. Infortunadamente, Colombia no sale bien librada.

Dice, y tiene razón, que Colombia permanece prácticamente estática en la mitad de la tabla. Es cierto. Desde que nosotros seguimos el informe del WEF, Colombia se mueve entre los puestos sesenta y algo y setenta y algo. Lo que sorprende es que mientras eso sucede, nuestro vecino del sur ha logrado subir la no despreciable suma de 34 puestos en el ranking para ubicarse en el lugar 71, es decir, casi en el puesto (promedio) que ocupa Colombia. ¿Y cómo lo ha hecho? Las cifras que nos muestran siguen sorprendiendo.

* Inversión de más de USD$5.000 millones en infraestructura: 7.000 km. de carreteras, 8 hidroeléctricas, 4 aeropuertos y el metro de la capital en ciernes. Mientras tanto, aquí las carreteras son las mismas y las nuevas no despegan, no hay nuevos proyectos de generación de energía por problemas con las comunidades y sólo hay una ciudad con metro (no es la capital).

* Cierre de 14 universidades por baja calidad, becas a más de 5.000 estudiantes en las mejores universidades del mundo y reducción de la tasa de interés de crédito educativo a la tercera parte (está en 4,6%). En Colombia se abre una universidad en cualquier garaje y recién se están cerrando programas por problemas de calidad; existe una entidad que otorga préstamos para estudiar en el exterior pero estamos lejos de llegar a ese número de becarios.

* La CEPAL certifica que se duplicó la matrícula de ciudadanos ecuatorianos afrodescendientes, indígenas y pobres, superando a Chile (vale recordar que Chile es el país más desarrollado de nuestro continente). En nuestro país el acceso de estas poblaciones a la educación superior es restringido (benévolamente hablando), por cuanto sólo las universidades públicas podrían recibir estudiantes con estas condiciones (por el costo de las privadas).

* Destinación de USD$782 millones anuales para innovación (investigación y tecnología), es decir, cuatro veces más de lo invertido recientemente allá y también un poco más de cuatro veces que el presupuesto de Colciencias (USD$175 millones). Esto le ha permitido escalar más de sesenta posiciones en el rubro de innovación del informe de competitividad del WEF.

El asunto nos lleva entonces a pensar si somos una Nación en la que se habla mucho y se hace poco de lo que se habla. La innovación y la competitividad, como las demás fuentes de crecimiento empresarial, no son únicamente ciencia y tecnología, pero tampoco un juego de palabras para intentar “tramar” a la competencia (término muy local que puede traducirse como engañar temporalmente).

Como dice Jorge Molina, uno de nuestros asociados con más experiencia: “es tiempo de dejar de jugar a ser grandes y crecer“. Tenemos la madera creativa, pero no es suficiente. Hay que hacer.

 

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